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Carta abierta de una docente

Carta abierta 

Una profesora de Secundaria, integrante de una de nuestras Comunidades de Educación Integradora, comparte esta carta dirigida a su claustro y abierta  al resto de personas que se dedican a la educación, a acompañar a las niñas, niños y adolescentes, a las familias, a la sociedad en su conjunto. 

Jueves 30 abril 2020

¡Buenos días!

Te escribo porque ayer no pude intervenir en el claustro por varias razones. Primero porque no sé por qué no se me conectaba la cámara y me costaba trabajo hablar sin imagen; además, y más importante, porque, como sabes, he llegado este curso a este centro, todavía no tengo mucho conocimiento de su dinámica y, lo que más me pesa, no he desarrollado los vínculos necesarios como para sentirme en confianza. A esto se suma la inseguridad e incertidumbre de estos tiempos, que me hacen más sensible y cuidadosa. Así que no me sentí con fuerzas suficientes para expresar mis sentires.

Sin embargo, sí tenía cosas que decir, y al escucharte hablar a ti al principio más todavía. Por una parte, me alegró tu tranquilidad y tu satisfacción con el funcionamiento del centro en esta temporada de crisis y educación online. Realmente, sabes transmitir esa seguridad necesaria en tiempos de zozobra, como buen capitán de este inmenso navío. Y te lo agradezco. No obstante, me parece que tu análisis y conclusiones de la situación que hemos vivido y estamos viviendo deja fuera algunos aspectos que a mí me resultan imprescindibles. Te lo intentaré explicar.

Decías sentirte orgulloso de ser uno de los pocos centros que no ha interrumpido su actividad docente y que puede mantener el horario completo cada día, sin que el proceso de enseñanza-aprendizaje se haya visto mermado significativamente. En principio, esto no se corresponde absolutamente con la realidad.

Claro que se ha visto alterado e interrumpido el proceso de enseñanza, para empezar porque nuestra labor se sostiene en la relación, en el grupo, con sus sonidos, olores y colores, con emociones diversas y situaciones insospechadas que van surgiendo minuto a minuto a través del roce, el contacto y la convivencia. Y lo más importante de nuestra tarea educativa sucede ahí precisamente y los aprendizajes más significativos también. ¿Que a pesar de eso hemos intentado mantenernos en contacto a través de todas las vías posibles llevando a cabo un esfuerzo inmenso? También es cierto. Pero, obviar la situación de desconcierto, incertidumbre, angustia y miedo que hemos vivido todos y todas, sobre todo en las primeras semanas de confinamiento, me parece un grave error de apreciación.

Nos despedimos un viernes entre el susto y la estupefacción y ya el lunes -sin tiempo siquiera para parar, respirar, entender, serenarnos, colocarnos…- estábamos mandando tareas de forma casi compulsiva. Que no pare nada, que no se detenga la maquinaria, que mi trabajo y mi vida no pierdan el sentido, que no se desplace ni un grado el eje de mi mundo conocido… Pero la realidad nos estaba mostrando otra cosa. Todo se detuvo de verdad. No era una película. Y por dentro todos estábamos paralizados y muertos de miedo. La situación parecía demandarnos un receso, una quietud, una mirada hacia adentro, aunque fuera un espacio pequeño de tiempo, aunque no supiéramos para qué, aunque encontráramos miedos, espectros y fantasmas varios. Darnos cuenta y a la vez aceptar que no sabíamos qué sentir, qué pensar, qué hacer… Ese descanso, esa parada, esa reflexión o escucha de nuestro propio miedo se me hizo dolorosamente necesaria. Para toda la sociedad, pero muy especialmente para nosotros y nosotras, gentes que acompañan, educan, contagian, guían, enseñan a las generaciones que conducirán el mundo en el futuro.

Me preocupa mucho que, preguntando a los chicos y chicas, ninguno se encuentra mal, ni afectado, nadie tiene miedo ni necesita nada, ninguno/a está viviendo inquietud en su fuero interno. Yo sé que eso no puede ser totalmente cierto, y me pregunto ¿no habremos transmitido esa insana costumbre de dejar de lado lo que nos sucede para ponernos a hacer y a producir sin más?

No somos burócratas, no somos tecnócratas. Somos educadores. Y yo concibo esta actividad como algo de carácter más humano. Desde ahí entendí y recibí con alivio tus primeros mensajes de que estuviéramos conectados y pendientes de nuestros alumnos y alumnas y que lo académico pasaba a segundo o tercer o último plano. Ahí estuvimos todos al quite. Sin embargo, ese acercamiento, bajo mi punto de vista, no debía de ser para mantener una ilusión de normalidad, ni para tener a los chavales ocupados o distraídos, ni siquiera para salvar el curso. Para mí, solo tenía sentido permanecer en contacto para compartir el miedo y el desconcierto que todas las personas del mundo sentíamos, compartirlo y expresarlo, darle un lugar, un sentido. Y a la vez poder asomarnos a las realidades familiares que se estaban dando en nuestro entorno. No abandonarlas a su suerte… Esto para mí sí tenía coherencia.

La cosa es que sin espacio ni tiempo para todo esto que yo veía como necesidad primordial, entramos en una vorágine de tareas, informes, cuestionarios, programaciones, protocolos, videoclases, videoexámenes, videosimulacros de normalidad… y un tan desmedido como ilusorio afán de control.

A mí se me hizo pronto evidente que el problema que habíamos de enfrentar no era tanto el surgimiento de un virus altamente contagioso, sino el cuestionamiento de un sistema socioeconómico y un estilo de vida que evidenciaba todas sus lacras y deficiencias en un momento de crisis. Me refiero a que contra el virus no puedo luchar, va a seguir existiendo, pero sí puedo/podemos construir un sistema de vínculos, fortalezas, coberturas humanas para asegurar la protección y el sostén de nuestro entorno y, por extensión, de nuestro planeta. Desde esa perspectiva, me pregunto, os pregunto (y nos preguntarán, quizás nuestros nietos y nietas): ¿qué se ofreció en esta crisis, desde el sistema educativo del que formamos parte activa, para reflexionar sobre el sostenimiento, la supervivencia, el equilibrio o la armonía de vuestros hogares? ¿Cómo contribuisteis los/as educadores/as a hacer del mundo un lugar más humano? Sinceramente, no creo que sirva de mucho que ofrezcamos como respuesta un puñado de informes y programaciones, la creación de no sé cuántas plataformas y el registro de miles de altas en cursos y canales online.

¿Por qué? Si son los medios que tenemos, hemos de utilizarlos. Claro que sí. Pero son medios, efectivamente, no fines en sí mismos. Son medios, presumiblemente, de comunicación. Y tal como yo lo veo, no los hemos utilizado para comunicarnos verdaderamente en la mayor parte de los casos. Si nos miramos como familias, si escuchamos a nuestros/as amigas y conocidos, desde los centros educativos se ha generado más estrés y exigencia, atosigamiento, agobio y desvelos que otra cosa. Esta es la innegable realidad. Y mi corazón me dice que no es esto lo que nos tocaba. Hemos entrado en una rueda bastante inconsciente, en la que lo importante es no parar, sentirse útil, no quedarse atrás, que nadie se baje del carro, seguir pedaleando sin tregua, sin rumbo y sin saber a ciencia cierta para qué. Pero seguir. (Si me pongo más trascendente, hasta se me ocurre que con este pedaleo incesante solo contribuimos a mantener el mismo sistema de vida disparatado que ha despertado a este virus maliciosamente benigno).

Y por no dejar de pedalear estamos pagando un precio también nosotros, profesores y profesoras. Quizá el estruendoso silencio de noventa personas ayer lo atestigüe. Estamos estresadas, desbordados, superados, insomnes, contracturados, frustradas, exigidas, malhumoradas, descuidados y enfadados… Y sinceramente intuyo que no es tanto por el volumen de trabajo sino por la inutilidad del mismo, por el saber internamente que no es tan importante todo esto, que lo importante lo estamos dejando de lado para atender la burocracia que nos aplasta y nos rescata a la vez. (¿Por qué nadie dijo nada? ¿Por qué nadie se animó a compartir cómo se siente?). Porque, como digo, no hemos partido de un espacio de verdad, de reconocernos honestamente todos esos estados y expresarlos y compartirlos, al menos entre compañeros/as. Pero parece que no, no estamos aquí para eso, no estamos aquí para mostrarnos débiles, flojas o incompetentes. Eso jamás. Somos profesionales y se nos felicita por ello. Podemos con todo. Y hemos de demostrarlo (¿a quién? ¿para qué? ¿qué estamos dejando de lado una vez más?).

El problema aquí, más allá de la salud de cada una, que, en última instancia, es su responsabilidad, es que trabajamos con personas, como decía arriba, y tenemos adolescentes y niños/as que también están estresados, superados, frustrados, agobiados o exigidos, asustados, sobre todo. ¿Cómo podemos escucharlos, mucho menos comprenderlos, si no nos escuchamos a nosotras mismas, si no damos un espacio y una legitimidad a lo que sentimos? Si no nos permitimos decir no, basta, paro aquí… (¡cuántos miedos y dolores aparecen sin querer!), ¿cómo podemos entender las vivencias y las necesidades del adolescente? Aquí justo en este punto es donde no entiendo mucho la tarea que estamos realizando, en qué basamos la relación. Y también, sin darnos mucha cuenta, quizás volcaremos este malestar, esta falta de cuidado hacia nosotros/as mismos/as en nuestras clases y en nuestro alumnado.

Así que, en conclusión, aparte de expresarme y desahogarme de estas semanas vividas, abro la posibilidad de un espacio en el que poder escucharnos, como claustro, como equipo, como compañeros/as docentes y plantearnos nuestro trabajo en la educación desde nuestros sentimientos verdaderos, desde lo humano. Por una vez. La ocasión lo merece. Te he escrito a ti, aunque había pensado enviar esta carta al claustro, porque no quiero que pienses que pretendo ir contra la gestión del equipo o la tuya propia. Ni mucho menos es esa mi intención: reconozco vuestro trabajo y esfuerzo incansable, y lo agradezco. Desgraciadamente, esto excede los límites de nuestro centro, es una reflexión que cabría en todos los ámbitos y a todos los niveles, y tiene que ver con los desafíos a los que nos enfrentaremos en una educación del futuro, que no se compone únicamente de medios virtuales y desarrollo digital, sino que deberá poner en valor lo humano de la relación educativa y social.

Si lo consideras oportuno, puedes compartir este escrito con el resto del claustro, si no lo ves así también lo entenderé. Muchas gracias por leerme, un saludo...

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